la magia (a medio gas) de la ópera

Acabado el paréntesis estival, el Liceo ha retomado la actividad con el montaje de la ópera ‘Eugene Onegin’ de Chaikovski que tenía que abrir la temporada 2020-21 y se canceló a causa de la pandemia. Esta es, de hecho, la última de las producciones que quedaban pendientes de reubicar de aquella complicada etapa. El drama de Pushkin en el que Chaikovski vio en parte reflejada su propia vida ha vuelto, pues, al Liceo tras un cuarto de siglo de ausencia con un reparto un tanto irregular, pero con algunos protagonistas destacada y una puesta en escena que firma Christoph Loy estéticamente bella e intelectualmente estimulante pero que no funciona a nivel dramatúrgico (y la ópera, a veces conviene recordarlo, es también teatro). Todo, bajo la entregada y acertada batuta de Josep Pons.

Del reparto, destaca especialmente el Lensky de Alexey Neklyudov, que lo tiene todo: desde presencia escénica a bello timbre, cuidados recursos y un conocimiento exhaustivo del personaje. El aria que canta antes de batirse en duelo con su amigo Onegin y perder la vida fue, sin duda, uno de los mejores momentos musicales del estreno. A su lado, Svetlana Aksenova encarna a una Tatiana que resulta algo apagada en lo vocal, aunque efectiva en escena. Su expresividad contribuyó a salvar los muebles en el aria de la carta en que le expresa su amor a Onegin, que en lo musical lució menos de lo que debiera. Victoria Karkacheva y Audun Iversen defendieron correctamente los papeles de Olga y el protagonista.

  • Música:
    Chaikovski.
  • Intérpretes:
    S. Aksenova, V. Karkacheva, A. Neklyudov, S. Carl, A. Iversen. Orq. y coro del Liceo. C. Loy, escena. J. Pons, director.
  • Fecha:
    27 de septiembre.
  • Lugar:
    Gran teatro del Liceo

Refinado y profundamente emotivo, el príncipe Gremin de Sam Carl fue una de las gratas sorpresas de la función. Una voz razonablemente poderosa pero, sobre todo, usada con musicalidad e inteligencia, que cosechó considerables aplausos al final de la función. Cautivó también el Monsieur Triquet de Mikeldi Atxalandabaso, un papel agradecidísimo que aporta una nota de simpatía en el marco del drama y que supo interpretar con todos los matices de su breve pero crucial intervención.

Intentando ofrecer una visión renovada de la obra de Tchaikovsky, Loy ha apostado por sacar la acción de su marco temporal original, la Rusia del siglo XIX, para ubicarla en una época indeterminada del siglo XX. El montaje se publicita diciendo que es minimalista, que es una manera elegante de decir que Loy utiliza apenas una quinta parte del escenario con un decorado estático a más no poder que, cuando entra el coro, parece un vagón de metro en hora punta.

Seguramente, en los cien minutos que dura la primera parte busca un cierto tedio para después, en los cincuenta de la segunda, mostrar un escenario totalmente blanco donde afloran las emociones del duelo, la muerte, la culpa y el fracaso vital de los que habla la historia. La belleza estética de esta parte es innegable, convirtiendo el escenario en un cuadro hiperrealista en algunos momentos. Es impactante el enlace entre el segundo acto y el tercero, cuando la danza festiva se apodera de un escenario en el que yacen todavía el cadáver de Lenski, su recuerdo y el trauma que su pérdida causa a todos los involucrados en la trama. Y aun así, el conjunto no funciona si nos ponemos en la piel del público que asiste a ver un espectáculo donde, además de todo esto, se perciba toda la magia que cabe en un teatro de ópera.

A la dirección musical, Josep Pons lució el habitual gusto por el detalle, equilibrando planos, ayudando a los cantantes, ofreciendo matices y articulaciones trabajados con mimo y, además y sobre todo, insuflando a la partitura toda la fuerza dramática de Pushkin y Chaikovski, midiendo los tempos y las dinámicas para resaltar todos los efectos que contiene una partitura tan brillante como infrarrepresentada en las programaciones.

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Johny Watshon

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