Entre 1953 y 1955, el gobierno estadounidense dio luz verde a una serie de test nucleares, muchos de ellos secretos, que se llevaron a cabo en el emplazamiento de pruebas de Nevada, a unos 100 kilómetros al noroeste de Las Vegas. El 25 de abril del 53 se detonó en ese lugar una bomba de 51 kilotones, el triple de potente que la bomba de Hiroshima y cuya durabilidad en la radiación era especialmente larga.
Ese mismo año, el magnate e ingeniero aeroespacial Howard Hughes, cuya vida se encargó de llevar a la gran pantalla Martin Scorsese en ‘El aviador’, se propuso producir una película sobre el conquistador mongol Gengis Kan. Para su rodaje, se decidió que lo más apropiado sería tratar de recrear el desierto del Gobi en la misma superficie en la que se habían realizado las pruebas nucleares.
Según cuentan los hermanos Medved en su libro ‘The Hollywood Hall of Shame’, durante la primera escritura del guion se pensó en Marlon Brando para interpretar el papel principal. En ese momento, John Wayne tenía un contrato en vigor con la RKO Pictures para protagonizar la última de las tres películas por las que había firmado con el estudio. Durante una reunión en el despacho del director Dick Powell, ambos repasaban distintos guiones de futuribles proyectos, cuando este se ausentó por unos minutos. A su vuelta, encontró a El Duque hojeando con emoción el guion de ‘El conquistador de Mongolia’. Powell, que era reacio a llevar a cabo este proyecto cinematográfico, trató de disuadir a su estrella, pero Wayne estaba entusiasmado con la idea y luchó decididamente para poder encarnar aquel papel. La insistencia del actor, que en ese momento estaba en la cima de su carrera profesional, fue decisiva. El propio Dick Powell afirmó tiempo más tarde: «¿Quién soy yo para rechazar a John Wayne?».
El rodaje comenzó en mayo del 54 y se alargó durante trece semanas, con un Wayne especialmente motivado que se tomó muy en serio su metamorfosis en el guerrero mongol, sometiéndose a un estricto régimen para moldear su figura. Para ello tomó al día hasta cuatro tabletas de dexedrina, un supresor del apetito. Aunque el equipo era consciente del peligro que suponía la radiación que había en la zona, no se le dio mayor importancia porque el conocimiento sobre los efectos de las armas atómicas era muy escaso. La contaminación era tan evidente que incluso por las noches se podía ver unos extraños destellos rojizos de polvo radiactivo que era arrastrado junto a la arena del desierto. El propio John Wayne fue inmortalizado con cara de incertidumbre en una fotografía junto a sus hijos sosteniendo un contador Geiger. El aparato hacía tanto ruido que los presentes dieron por seguro que estaba estropeado.
El filme se estrenó a comienzos de 1956 y tuvo una buena acogida en taquilla. Pese a ello, fue denostada de manera abrumadora por la crítica, llegando a ser catalogada como una de las peores películas de la historia del celuloide. El papel de Wayne fue vilipendiado, lo que provocó un fuerte trauma al actor, que tiempo más tarde afirmó que la moraleja de aquella vivencia era «no hacer el ridículo tratando de interpretar papeles para los que no eres apto».
Pero la peor parte vino tras el estreno. Victor Young, compositor de la partitura, murió de un cáncer cerebral tan solo ocho meses después. A él se unió en 1963 el director Dick Powell, víctima de un linfoma. Pocos meses más tarde, al actor mexicano Pedro Armendáriz le fue diagnosticado un cáncer terminal de riñón, motivo por el que se suicidó disparándose con una pistola mientras estaba ingresado en el hospital. En el 74, Agnes Moorehead fallecía tras meses de lucha con el cáncer de útero, y a su compañera de reparto Susan Hayward se la llevó un tumor cerebral un año más tarde. Lee Van Cleef padecía cáncer de garganta cuando un infarto le arrebató la vida. La infame lista de estrellas que trabajaron en el rodaje y murieron a causa de la radiación la cierra John Wayne. El Duque, que ya había padecido años antes un cáncer de pulmón del que consiguió recuperarse, fue derrotado por un tumor estomacal en 1979. Si bien es cierto aclarar que John Wayne fumaba hasta cinco paquetes de tabaco al día y siempre tuvo fama de gran bebedor, lo que podría haber sido la auténtica causa de sus enfermedades.
Para el año 1980, de un total de 220 personas que había trabajado en el rodaje, contando tanto a actores como a técnicos, 91 habían enfermado de cáncer y 46 habían fallecido. Fuera de este recuento se quedaron los cientos de nativos americanos que actuaron como extras, así como los familiares del reparto entre los que se encontraban los hijos de Wayne. El profesor Robert Pendleton de la Universidad de Utah describió la incidencia de cáncer entre la totalidad del equipo como una epidemia, y concluyó que «en referencia a la exposición que tuvieron, creo que podría llevarse ante un Tribunal de Justicia».
Howard Hughes pasó sus últimos meses de vida encerrado en la habitación de su hotel en Bahamas, lidiando con la paranoia y una fuerte hipocondría que le impedía tomar cualquier medida de higiene personal. El sentimiento de culpabilidad y de fracaso le llevó a invertir 12 millones de dólares en la compra de la totalidad de las copias con la intención de que no volviesen a ver la luz hasta que fue comprada por la Universal Pictures y transmitida por televisión. Se cuenta que durante su atrincheramiento en el hotel Xanadu Princess, Hughes revisaba compulsivamente en su cine privado de manera enfermiza dos películas. Por un lado ‘Estación polar Cebra’, su película favorita. Por otro lado, ‘El conquistador de Mongolia’, su obra más difamada.



